Publicado 15-06-2002
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Resumen
No es difícil establecer hoy una pequeña lista de elementos simbólicos y materiales que debe presentar una nación para ser «digna» de tal nombre: una historia que marque continuidades con los grandes ancestros, una serie de héroes perfectamente parangonables a las virtudes nacionales, una lengua, monumentos, un folklore, representaciones oficiales como himnos o banderas, identificaciones pintorescas en el vestido, en las especialidades culinarias y, muy a menudo, también un paisaje específico, una topografía establecida, una naturaleza emblemática y un territorio culturalmente definido. Véase la tradición poética de la «dulce Francia» venerada por sus ríos, sus campos cultivados, sus viñas y sus bosques en perfecta armonía, o las evocaciones de Shakespeare a la insularidad británica con sus cientos de acantilados como identificación patriótica. O el papel clave de los recursos naturales en el debate sobre la construcción del nuevo Estado italiano. O la utilización del tema de la destrucción ambiental como argumento de ataque al colonialismo portugués y de defensa de la independencia nacional brasileña. Es más, los paisajes podían expresar hasta las virtudes terapéuticas de una comunidad política o social determinada. Pero, en este sentido, nunca va a ser lo mismo la idea de naturaleza que tenían los administradores forestales o los encargados «oficiales» de gestionar el medio natural que la existente en las comunidades rurales campesinas...