Publicado 03-06-1998
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Resumen
El decreto del Gobierno acerca de la enseñanza de las Humanidades ha desatado una «guerra de la Historia» de importantes consecuencias políticas y, al mismo tiempo, ha tenido como resultado la apertura de un debate intelectual. Este último ha resultado un tanto confuso en la prensa porque partía de las premisas sentadas por esa iniciati va política y ha alcanzado un extraordinario grado de virulencia. En mi opinión, el debate ha sido en gran parte improductivo no tanto por el tema del debate en sí –que podría haber dado lugar a un resultado positivo– ni por el tono en que se ha desarrollado, como por partir de aquella iniciativa política que lo ha marcado de un modo completo y total. Cerrado el paso al decreto por decisión del Congreso de los Diputados, eso no supone de forma necesaria que el debate se vaya a encauzar por caminos más coherentes. La iniciativa política no ha sido abandonada, sino que ha resultado consolidada y el mismo propósito de consenso ahora existente no acaba de parecer definitivo porque cada parte –el Ministerio y los gobiernos de las nacionalidades históricas, por ejemplo– no han abandonado sus puntos de partida, sino que el mero hecho de que la cuestión se haya planteado inicialmente de una determinada manera les obliga a mantener sus puntos de partida. Aunque la actual comisión destinada a dictaminar sobre la enseñanza de las Humanidades sea de composición más equilibrada que la anterior está sometida al apremio de dar una opinión en un plazo tasado de tiempo. Mientras tanto, el debate sobre el fondo de la cuestión permanece en estado latente y puede reproducirse en otra catarata de artículos en el momento más inesperado...