Publicado 15-12-1997
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Resumen
Lo que conocemos como democracia «plena» (suponiendo que un calificativo tal tenga alguna coherencia, lo que es harto dudoso) responde a una fase muy reciente en el desarrollo de los sistemas políticos liberal-democráticos, los cuales, a su vez, son fruto de una prolongada evolución de las ideas y formas políticas euroamericanas. Desde esta óptica, conviene no olvidar que la democracia -en el sentido que hoy tiene esta palabra en Europa y América, y por extensión, en el resto del mundo- no es un suceso (con la carga etimológica que el término tiene en español y, sobre todo, en inglés), sino más bien un larguísimo -fluctuante y balbuceante- proceso que tiene sus orígenes más inmediatos a fines del siglo XVIII (en los Estados Unidos y en Inglaterra) -y más remotos, incluso, en los Parlamentos o Cortes medievales de los viejos países europeos-. Como no podía ser menos, se trata además de un lento proceso, restringido en sus inicios a Europa (occidental) y al continente americano, limitado a sectores muy reducidos de esas sociedades y, con frecuencia, salpicado de rupturas, cortes e incluso violencia y retrocesos. En otras palabras, incluso en Inglaterra o los Estados Unidos, que suelen citarse como modelos del caso, estamos lejos de enfrentarnos a una historia suave, lineal y simple...