Published 2000-12-15
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Abstract
La Segunda República representa un momento de plenitud para la intelectualidad española. Pero, después de haber contribuido al advenimiento del nuevo régimen, participado en la redacción de su Constitución, y encarnado el poder legislativo o ejecutivo, numerosos intelectuales afirman que este nuevo régimen les ha defraudado.
Más allá del mito republicano inicial, no reivindican todos el mismo proyecto de Estado y no asignan la misma finalidad a la Constitución. Esto explica que, sin dejar de tomar parte en la redacción de aquélla, algunos empiecen a denunciar su dogmatismo o sus limitaciones.
Los que participan en la labor gubernamental llevan a cabo reformas para emancipar al ciudadano mediante la instrucción, luchar contra la inmisión de los poderes fácticos en la vida pública y secularizar la sociedad. Pero la reforma agraria, que no parece apasionarles, se eterniza.
Cuando los intelectuales pierden el Poder, en 1933, su obra parece frágil e inacabada. De ahora en adelante, el debate social se radicaliza y ellos no se sienten a gusto en una República que, a su parecer, se ha equivocado o ha sido traicionada. Los mayores abandonan la vida política, los más jóvenes se unen al campo revolucionario.
Desde el Poder, los intelectuales pensaron más en términos normativos que en función de la realidad. Pero su fracaso no es sólo el de la razón, es también el de una República que nació en un entorno internacional poco favorable y encontró las arcas del erario vacías, en una España que tenía que integrar a las masas en el funcionamiento de un sistema democrático cuya derrota anunciaba en Europa la propaganda hitleriana.