Publicado 15-03-1998
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Resumen
El 16 de julio de 1854, C. L. Otway, embajador británico en Madrid, envió a su ministerio un despacho «secreto y confidencial» en el que escribía: «Es un hecho melancólico pero incuestionablemente cierto que el mal tiene su origen en la Persona que ahora ocupa el más alto puesto de la Dignidad Real, a quien la naturaleza no ha dotado con las cualidades necesarias para subsanar una educación vergonzosamente descuidada, depravada por el vicio y la adulación de sus Cortesanos, de Sus Ministros y, me aflige decir, de Su propia Madre. Todos y cada uno de ellos, con el objeto de guiarla e influirla de acuerdo con sus propios intereses individuales, han planeado y animado en Ella inclinaciones perversas, y el resultado ha sido la.formación de un carácter tan peculiar que es casi imposible de definir y que tan sólo puede ser comprendido imaginando un compuesto simultáneo de extravagancia y locura, de fantasías caprichosas, de intenciones perversas y de inclinaciones generalmente malas».
Con esta imagen, o parecida, ha pasado a la historia Isabel II. Las mútiples biografías, denigratorias o hagiográficas, que han ido publicándose sobre ella tienen una característica común a partir de la cual voy a reflexionar en estas páginas. Dicha característica consiste en la fijación, crítica o exculpatoria, en la vida sexual de la reina y, a través de ella, en la distorsión que la «camarilla» (amorosa y clerical) introdujo en el normal funcionamiento de la vida constitucional española durante su reinado...