Publicado 15-12-1995
Cómo citar

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-SinDerivadas 4.0.
Resumen
El 2 de abril de 1931 el periódico SoLidaridad Obrera escribía: «La CNT constituye (... ) el esbozo de un nuevo mecanismo económico- social inspirado en la Primera Internacional, anuladora de todas las clases e instauradora de una sola: la humana. (... ) Bastará un leve empujón y, abocándonos todos a nuestros respectivos sindicatos, estructuraremos la nueva sociedad en perspectiva». Esta declaración de principios rebasaba con mucho la que pudiera hacer cualquier organización exclusivamente sindical que no fuera la CNT. Otras distintas, en el caso de que fuesen revolucionarias, habrían podido aludir al partido guía de la revolución o al papel que correspondería jugar a los sindicatos en dicho suceso, entre los varios papeles que la historia habría de repartir. La CNT no hacía eso. Ella, como confederación de sindicatos, era algo más que una actriz a la que correspondía desempeñar un guión. Ella se reservaba el único, el definitivo papel, puesto que era el preanuncio de lo que había de venir y que ya estaba en semilla en su seno: ni más ni menos que un nuevo mecanismo económico-social que anularía las clases sociales e instauraría el reino humano. Reino que estaba a la vuelta de la esquina, ya que para alcanzarlo bastaba un leve empujón, tras el cual acabaría de nacer lo que contenían en sí los mismos sindicatos anarcosindicalistas: la nueva sociedad. De esta manera el eje de la acción revolucionaria, al afirmarse como sindical y anarcosindicalista, desplazaba el rodamiento de la historia hacia un sujeto distinto que la protagonizaría. Ya no serían los partidos políticos ni el Estado los agentes de esa acción social revolucionaria, sino que ésta quedaría centrada en esos sindicatos que, como decía, eran por sí mismos, por su forma de organizarse y actuar, la muestra evidente de que la revolución y la nueva sociedad ya estaban en marcha...