Publicado 15-03-1992
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Resumen
En las últimas décadas se ha impuesto como «opinión dominante » la de que hay que considerar la fundación del Reich como una «revolución desde arriba» que, con la imposición de la unidad alemana, satisfizo un desiderátum de las corrientes liberales y democráticas de aquel tiempo, a la vez que tendía a domesticar al movimiento liberal y demócrata, canalizándolo mediante firmes diques. En general, nadie se opone hoy ya a la conocida tesis de Theodor Schieder de que Bismarck, a la hora de conducir su política, lo hizo movido no sólo por el cauchemar des coalitions, sino también, y a la postre más todavía, por un cauchemar des révolutions. Claro está que en todo momento ha habido grandes diferencias en los matices, particularmente por lo que se refiere a la cuestión del carácter del sistema de poder, pero también en la valoración de las técnicas de dominio del propio Bismarck. Un grupo de historiadores de gran fuerza y muy diversa motivación va más lejos y se inclina a interpretar la política de Bismarck entre los años 1862 y 1871 como una variante, en cierto modo paradigmática en cuanto a su realización, de las técnicas bonapartistas de dominio. Haciendo de vicario de las capas burguesas, Bismarck habría impuesto en la estructura social los cambios seculares necesarios para el ascenso del sistema industrial, pero creando al mismo tiempo un sistema de poder autoritario seudoplebiscitariamente legitimado, que durante mucho tiempo excluyó de participación real en las decisiones políticas a la burguesía, por no hablar ya de las capas mayoritarias de la población. El que recientemente ha ido más lejos en esa dirección es Geoff Eley, quien describe la fundación del Reich sin titubeos como la forma alemana de la «Revolución burguesa», una Revolución que, en su sustancia, en modo alguno se habría quedado rezagada de los avances burgueses de Occidente...