Publicado 01-03-2000
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Resumen
Los procesos peninsulares de crisis y sustitución de las estructuras del Antiguo Régimen se inscriben en un marco histórico y explicativo común. Como en la mayoría de los países, se inician con el torbellino revolucionario francés y, acorde con las pautas evolutivas del espacio euroccidental en que se inscriben los Estados ibéricos, vienen a cerrarse en los años treinta del XIX. Estas transiciones fueron particularmente traumáticas en Portugal y en España, puesto que su recorrido estuvo jalonado —y motivado— por la invasión y la guerra (1807/1808-1814), la consiguiente pérdida de los imperios americanos —que constituían el principal soporte económico (más en Portugal) y político-internacional de ambas monarquías— y las violentas confrontaciones internas, que culminaron en sendas contiendas civiles (la portuguesa entre 1828-1834; la española de 1833 a 1839). Ahora bien, fue la lucha entre los poderes continental y marítimo, de Francia e Inglaterra respectivamente, la que, por obvias razones geoestratégicas, sumergió a la Península en la guerra y en la absoluta impotencia para conservar las colonias. La pérdida resultante de poder ahondó desde entonces la dependencia de los Estados peninsulares respecto de las potencias euroatlánticas, que mediatizaron severamente su propia evolución interna (cultural, política y económica), apuntalando ya en la década de los treinta la definitiva homologación de ambos países al orden liberal, finalmente victorioso en la Europa atlántica...